Hola, soy tu ansiedad

Pues aquí está de nuevo. Seis meses sin ella eran ya demasiados. La ansiedad se ha instalado en mi pecho y parece que se ha acomodado. Hay veces que su presencia se hace un tanto ligera, casi me olvido de que existe; es entonces, cuando bajo la guardia, cuando reivindica su existencia con un puñetazo inesperado que me deja sin respiración y dispara unas lágrimas que no sé de dónde salen, ni por qué.

Son esas punzadas las que me recuerdan que está aquí y que estará aquí por un tiempo (que intentaré no sea tan largo como la última vez). Está conmigo cuando me voy a la cama y llena de ruidosos pensamientos el silencio nocturno; cuando un virus tonto me hace pasar un par de días eternos en la cama en los que replantearme mi vida desde que tengo uso de razón; cuando estoy feliz viendo una serie abrazada a quien más quiero en el mundo; cuando un poco de agua se sale del vaso y una gota en el suelo se convierte en la peor de las tragedias; cuando tomo chocolate caliente en una tarde de lluvia. Porque la ansiedad no entiende de buenos o malos momentos, es una invitada bastante inoportuna.

Ella espera agazapada y llega casi sin avisar, llenando mis ojos de lágrimas y mi pecho y mi garganta de un dolor punzante, hondo, agobiante. Toca respirar hondo —con la tripa, no el pecho, recuerda—, buscar el cielo azul detrás de estas nubes pasajeras que nublan mi mente.

Mi parte racional (bien, sigue ahí) me recuerda que a día de hoy tengo las herramientas necesarias para enfrentarme a los peores momentos —gracias, NHS y mi querida psicóloga—. Que la meditación diaria me ha hecho fuerte, que mi mente es poderosa, que se pasa. Mi parte racional me tranquiliza, y ahora sí, la escucho. Ya no me ahogo en el maldito kilómetro 3 cuando salgo a correr (siempre era el kilómetro 3) y no tengo que volver a casa derrotada por un ataque de pánico. Sé que lo peor ha pasado y que puedo evitar que vuelva a pasar. Y si no puedo evitarlo, sé que lo superaré de nuevo y con un poco de suerte la ansiedad me dejará por un tiempo. Sé que puedo salir de esta niebla en la que ahora vivo, con miedo a resquebrajarme en cualquier momento.

Pero también tengo claro que forma parte de mí. Soy quien soy con mi ansiedad, por mucho que me duela. No habría descubierto lo mejor de mí sin haber llegado a conocer lo peor. Soy consciente de que incluso en los momentos de felicidad está acechando, ni entonces me libro de ella. Pero ya sé cómo hacer esta convivencia posible. No me define, pero me completa. Va siempre conmigo aunque no la deje ser la protagonista de mi vida. He necesitado aceptarla para no sucumbir a ella.

Porque siempre termina volviendo. Ahora escribo con ella dentro. Aunque lo peor ya ha pasado hace días y se la nota cansada. Yo en cambio estoy más fuerte, he aprovechado su despiste para coger fuerzas. Parece que descansará por un tiempo.

Hasta la próxima.

Publiqué este post en Medium, donde escribo cosas más personales de vez en cuando.